
Nos equipamos sin que las risas decaigan y estás aumentan cuando desciendo la ladera pedregosa hasta el río, totalmente equipado con mi equipo de buceo, mis calcetines blancos y unos mocasines (creo que las chanclas también me las he dejado en casa). A duras penas trato de mantener algo de mi escasa dignidad y les pregunto muy serio si es que nadie ha buceado nunca con escarpines de marca, los famosos escarpines abanderado. La respuesta del resto de los cormoranes es una estruendosa carcajada y entonces me convenzo de que la situación es insalvable, por lo que me concentro en el buceo que nos espera.
Cruzamos
un puente de madera de aspecto frágil que sobrevuela el río
y nos colocamos en la vertiente derecha del mismo. Allí, sobre una
gran roca lisa y ligeramente inclinada que acaricia el agua, esperamos a
que los rayos de sol se parapeten detrás de los árboles y
la oscuridad se abalance sobre nosotros y sobre las aguas. Cuando la noche
ha caído en el desfiladero, el grupo de buceadores nos metemos en
el agua. No parece tan fría. Nadamos hasta el centro de la corriente,
que en ese punto no parece muy fuerte y esperamos en la superficie contemplando
como el bosque se deja acariciar por la luz mágica de una luna llena
que comienza a presidir esa noche.
Finalmente, todos estamos preparados, encendemos las linternas y vaciamos
los chalecos.
Es mi primera inmersión nocturna y los nervios me hacen descender
despacio los seis metros hasta el fondo. Delante de mí, se despliega
un espectáculo de luces fantasmales que se mueven en todas direcciones
iluminando la pared del río. Haces de diversa intensidad se despliegan
como focos en medio de la niebla, creando una imagen increíble.


Los
troncos sumergidos aparecen y desaparecen, y las orillas, vistas bajo el agua,
están conquistadas por enhiestos juncos que parecen lanzas. Lentamente
ascendemos la corriente y nos acercamos a una pequeña cascada, una
veintena de metros río arriba. Fascinados, observamos como el agua
golpea sobre si misma formando una espumosa turbulencia y descubrimos alguna
trucha que huye de nosotros asustada.
A una señal nos dejamos arrastrar por la débil corriente y pasamos
por debajo del puente que sobrevuela el río. Unos metros más
abajo, los restos del antiguo puente descansan como un extraño pecio,
rodeado de ramas y juncos. Nos detenemos allí y nuestro guía
nos indica que apaguemos las linternas y miremos hacia la superficie. Lo hacemos
y sobre nosotros aparece un circo de árboles que rodea la luz de la
luna que cae sobre el río. Nos quedamos inmóviles, hechizados
por el maravilloso espectáculo de esa noche submarina y casi nos cuesta
volver a encender los focos y continuar la travesía.
Descendemos
algo más y podemos observar algún pequeño gobio y alguna
trucha huidiza. Entonces, con más de la mitad de la botella consumida,
rodeamos una roca que se asemeja a un diminuto islote y nos encontramos con
una enorme trucha dormida que descansa en el fondo del río, completamente
ajena a nuestra presencia. Nos acercamos a ella y alguno de mis compañeros
la acaricia con suavidad, hasta que el pez se despierta y, con una sorprendente
rapidez, huye de nuestra molesta presencia.
Mientras tratamos de seguir al magnífico ejemplar con nuestras linternas,
nuestro guía nos indica que hemos de volver río arriba hasta
el punto de inicio de nuestra inmersión, donde alguno de mis compañeros
ya está en superficie.
Al salir del agua, los veo formando corrillo en la orilla, comentando de forma
animada lo que hemos visto. Me preguntan y yo no digo nada, ya estoy pensando
en cómo será una nocturna en el mar.

