
Fco.
Javier López Reguero, Javi para los colegas del Club, se apunta a lo
que haga falta y en navidades siempre bucea con un gorro de Papa Noel. Buceador
2E con muchas paginas ya rellenas de su libro de inmersiones, nos hace revivir
sus experiencias con esta corta pero intensa narración de una inmersión
en el famoso pecio del SS Thistlegorm en el Mar Rojo. Queda mas que patente
su afición a la escritura. Gracias Javi por compartir con todos nosotros
este trocito de tu vida.
Uno
a uno, todo el grupo de buceadores de Cormorán caímos al agua.
Yo me agité inquieto cuando la fría humedad del Mar Rojo se
introdujo dentro del neopreno. El SS Thistlegorm nos esperaba y, después
de todo lo que había escuchado, no podía dejar de estar nervioso
e impaciente. Al instante me recuperé del primer escalofrío
y aleteé con fuerza en dirección al cabo que descendía
hasta el pecio y nos unía a él. Luché brevemente con
la corriente que venía desde el norte y me agarré a la gruesa
maroma.
Debajo
de mí, escalonados, el resto de buceadores descendía por el
cabo con sus manos, precedidos por Hasaan, nuestro guía egipcio del
que ya no veía ni las aletas. Con una ligera presión, extraje
algo de aire de mi chaleco y comencé a descender yo también.
Poco a poco, la silueta del barco se dibujó delante de mis ojos y no
pude por menos que detenerme un instante a contemplar el espectáculo.
Como un fantasma, el SS Thistlegorm descansaba en el fondo del mar, rodeado
de las burbujas provocadas por otros buceadores que ya estaban en su interior.
A su alrededor, se intuían bancos de peces de diversos tamaños.
Con un cosquilleó en mi estómago, descendí hasta el grupo
que me esperaba sobre el puente de mando.

Cuando
llegué a la altura del grupo, levanté mi mano derecha y junté
mis dedos índice y pulgar indicando a Hasaan que todo iba bien. Este
me devolvió la seña y con la palma de la mano extendida señaló
hacia la proa del barco. Como si se tratara de un ejercito, todo el grupo,
Tito, Yoli, Esther, Garrote, Raquel, Alex, Belén y mi compañero
Juan Manuel, siguió a Hasaan sobrevolando la cubierta del barco. Cuando
nos acercábamos a la proa, nuestro guía se escoró a estribor
y descendió por el lateral del barco conduciéndonos hasta el
punto medio de la cadena del ancla que descansaba en el fondo. Miré
hacia la superficie y la sombra del buque hundido me hizo sentir pequeño
e insignificante. Lentamente, observando al monstruo inanimado, giramos a
babor, rodeando la proa y ascendimos muy despacio hasta la cubierta.
El
espectáculo de los molinetes en aparente perfecto estado se nos mostró
como si una cámara de cine se moviera sobre el barco y nos descubriera
sus secretos. Sólo la vida marina que vivía en ellos (nudibranquios,
peces león, etc...), nos hacía darnos cuenta que en realidad
estábamos asistiendo a ese espectáculo en directo.
A
partir de ese momento, las historias que me habían contado sobre el
interior se hicieron realidad. Con los ojos muy abiertos nos introdujimos
en las bodegas del barco y tuve la sensación de que la respiración
y el pulso se me detenían. Los focos de mis compañeros frente
a mí comenzaron a iluminar los camiones Bedford, los fusiles Lee Enfield
casi irreconocibles, las BSA que parecían estar esperando que alguien
las montará, los repuestos para alas de avión, etc... Casi olvidé
encender mi foco.
Cuando
lo hice el tiempo pareció detenerse y vinieron a mi cabeza las historias
que había leido acerca de la guerra de África, del mariscal
Rommel, del general Auchinleck, de la operación Crusader, del octavo
ejercito británico, del Afrika Korps... No pude evitar pensar que todo
ese material, que esos aparatos, estuvieron destinados a participar en una
guerra que envolvió al mundo entero. Me di cuenta que estaba buceando
en medio de la Historia y aquello me puso la piel de gallina. El estremecimiento
y la emoción fueron tan grandes que casi olvidé mirar mi computador
durante el resto de la inmersión.

Cuando
el tiempo volvió a moverse, la inmersión tocaba a su fin.
Un banco de increíbles peces hacha nos despidió en la última
bodega y Tito se entretuvo filmándolos a placer. Cuando salimos de
allí todavía nos esperaba la ultima emoción.
La
mayoría de nosotros había alcanzado la reserva de aire y,
apenados, nos disponíamos a ascender hasta el Gazhala II cuando unas
sombras oscuras se acercaron por el lado de estribor. Mientras realizamos
la parada de seguridad, ondeando como velas ante la fuerte corriente, asistimos
emocionados al espectáculo de un banco de grandes atunes cazando.
Se que alguno de nosotros alargó la parada. Yo lo hice.
Cuando
subí a nuestro barco permanecí un momento sentado, sin quitarme
la botella, sin decir nada. Solo volví a la realidad cuando nuestro
capitán gritó desde su puesto, justo encima de donde yo me encontraba.
- ¡Mariquita! ¿Y mariquita?.
No pude evitarlo. Sonreí.
Buceando
en el SS Thistlegorm, Mar Rojo. Enero del 2005